sábado, 10 de mayo de 2008

Viaje a Cuba. Buscando una pista en Trinidad


Durante las horas que duró el vuelo hasta llegar a La Habana, varias veces intenté imaginarme como habría sido el largo viaje en barco que mi bisabuelo y tatarabuelo emprendieron hacia Cuba a finales del siglo XIX. Durante aquellos años en que la isla caribeña pertenecía a la Corona Española, fueron muchos los catalanes que se lanzaron a la aventura en busca de prosperidad. Algunos de ellos amasaron grandes fortunas gracias al negocio de la caña de azúcar o del ron y regresaron posteriormente a su tierra; estos indianos acaudalados se hicieron construir magníficos palacetes que han permanecido como testimonio de aquella época.






Sobre lo que hicieron mis antepasados en Cuba no conozco demasiados detalles, aunque me gustaría poder profundizar un poco más en ello. Lo que si se ha ido transmitiendo en la familia de generación en generación es el motivo inicial que indujo a mi tatarabuelo a emprender el largo viaje. Siempre me han explicado que en su primer viaje no fue en busca de fortuna como podría parecer, sino a comprar tabaco. No sé qué parte de leyenda puede tener esa historia, pero la verdad es que siempre me ha parecido muy simpática. Según cuentan, su padre era un fumador empedernido y en un período en que hubo una gran escasez de tabaco, el hombre mandó al joven muchacho a buscar tabaco donde fuera: “¡Vete a Cuba si quieres, pero tráeme tabaco!”. Y así fue como el joven emprendió la aventura, regresando algunos meses después cargado de puros habanos.
Al cabo de los años, aquel joven se convirtió en padre de familia y decidió embarcarse de nuevo hacia la isla caribeña con su hijo, es decir, con mi bisabuelo.
Cuentan que trabajaron en los ingenios azucareros y que posteriormente partieron hacia Puerto Rico. Debido a la Guerra la situación se les complicó y regresaron a casa sin dinero pero con muchas experiencias vividas y muchas cosas que contar.
La guerra concluyó con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, el 10 de diciembre de 1898, por el cual Norteamérica recibió el control absoluto de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Como única herencia de aquella aventura están las coplas que memorizaron en Puerto Rico y que luego enseñaron a los demás jóvenes del pueblo. Parece ser que en aquella época, los puertorriqueños no demostraban demasiada simpatía hacia los españoles. Una de las estrofas dice así:

" Puerto Rico, Patria mía,
tu libertad se proclama.
Ya la inquisidora España
perdió el poder que tenía.
Con su infame tiranía
nos tenía esclavizados,
mal queridos, mal tratados.
Y, sin derecho a la defensa,
que coja la recompensa:
Viva el coronel Fajardo".






Mi madre me había explicado tantas veces esta historia, que caminando por las calles adoquinadas de Trinidad tenía una extraña sensación, como si allí tuviera que descubrir una parte de mi pasado.
La ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios se encuentran al sur de la provincia de Sancti-Spíritus, en la región central de Cuba y constituyen un testimonio de inestimable valor de lo que fueron las antiguas fundaciones españolas en Las Antillas.
La ciudad fue fundada en 1514, bajo el nombre de Villa de la Santísima Trinidad y nació gracias a la industria azucarera.
Cerca de la ciudad se encuentra el Valle de los Ingenios o Valle de San Luís, donde se conservan numerosas ruinas de las instalaciones relacionadas con la fabricación del azúcar, como los ingenios, los barracones, las casas de verano, etc. Desde 1988, Trinidad y el Valle de los Ingenios están reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.






Estuvimos en el año 1999 y no sé si habrá mejorado desde entonces el tema del transporte. Moverse por Cuba en coche resultaba bastante complicado; las tarifas de alquiler de vehículos eran elevadas y las señalizaciones en la carretera muy escasas. Conducir de noche era un suicidio y nada recomendable porque muchos vehículos circulaban sin luces y esto creaba un gran estado de tensión. A pesar de todo, el trayecto hasta Trinidad fue una experiencia positiva. Casi en ningún momento viajamos solos, ya que íbamos recogiendo a los que hacían autostop, una práctica muy habitual. Los asientos traseros del flamante Hyundai Elantra de color rojo fueron ocupados por soldados, estudiantes, monjas, familias enteras... cuando bajaban los unos ya subían los otros. Conocimos a Augusto, todo un personaje. Para acompañarle hasta su casa en Los Arabos, un pueblo de la provincia de Matanzas, nos tuvimos que desviar de la ruta, por lo que quedó enormemente agradecido.
Finalmente llegamos a Trinidad. En la ciudad se respira un aire de tiempos pasados y algunas de sus casas y palacios reflejan el esplendor de antaño. La ciudad corre despacio, sin ninguna prisa… allí me hubiera gustado quedarme algunos días.
Después de cuatro generaciones ya poco me importa que mis antepasados regresaran con los bolsillos vacíos, pero si me gustaría haber heredado, aunque sea en una pequeña parte, el espíritu aventurero de aquellos jóvenes. Espero volver a Cuba algún día.

1 comentario:

  1. Muy interesante la historia de tus antepasados en Cuba y Puerto Rico.

    Curiosamente ayer escribi algo sobre Puerto Rico en mi blog. Si no has visitado esta isla te animo a que lo hagas, es muy diferente a Cuba pero creo que te gustara.

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