domingo, 25 de mayo de 2008

Centro histórico de Brujas


Hacía tiempo que teníamos ganas de visitar la región belga de Flandes y en especial la ciudad de Brujas. Así pues, coincidiendo con el puente del uno de mayo, decidimos por fin realizar la escapada. Fueron sólo cinco días pero muy bien aprovechados y además de Brujas visitamos Gante, Amberes y Bruselas.
No hay ninguna duda en que Brujas tiene un encanto muy especial pero quizás había idealizado tanto esta ciudad que no fue un “amor a primera vista”.




Es cuando empezó a oscurecer y las multitudes de turistas desaparecieron que me fue imposible no caer rendida a sus encantos. Paseando tranquilamente por sus callejuelas estrechas, de casitas de miniatura con encaje en las ventanas, sin rumbo, siguiendo los canales y cruzando sus puentes, contemplando el reflejo de los edificios iluminados en el espejo de sus quietas aguas y dejándose llevar por su embrujo es de la manera como Brujas te va atrapando en sus redes.






Ganada al mar y contenida por un poderoso sistema de diques, el triunfo de esta ciudad flamenca sobre el agua, su dominio comercial sobre el resto de la Europa del siglo XIII, su arquitectura peculiar y su magnífico estado de conservación parecen cosa de hechizo como bien alude su propio nombre, aunque en realidad Brujas debe su nombre a un puente (brug) o a un fuerte (burg).
A pesar de que el turismo es su principal fuente de ingresos, una excelente gestión de su propia historia, ha evitado el peligro de convertirse en una ciudad-museo. Brujas no se ha limitado a restaurar edificios y limpiar canales, sino que un esfuerzo de rehabilitación urbanística ha hecho del centro histórico una ciudad viva y moderna.
Ya en plena Edad Media y a pesar de las turbulencias políticas y varias revueltas, el gobierno municipal incentivaba las reformas urbanísticas. Hasta mediados del siglo XIV la mayoría de casas eran de madera con techos de paja. Para combatir los incendios que ello ocasionaba, las autoridades otorgaron el llamado “subsidio de la tercera teja” con la finalidad de cambiar los techos de paja. Tres siglos después desaparecían por igual motivo las fachadas de madera, de las que quedan muy pocos ejemplos.
Así pues, se desarrolló un original y propio estilo de arquitectura civil principalmente, en que los grandes burgueses rivalizaban en el lujo de sus mansiones y lugares de reunión, a la vez que financiaban iglesias, monasterios y hospitales dando lugar a un espléndido conjunto que podemos admirar hoy en día.






Un ejemplo de este brillante período es la Atalaya, en la Grote Markt o plaza Mayor, el centro neurálgico de la ciudad. La subida de los 366 escalones se ve premiada por una imponente vista sobre los tejados de la ciudad y sobre la llanura flamenca, aunque el frío, viento y lluvia no nos permitió disfrutar del momento tal como nos hubiera gustado. La antigua plaza del mercado también conserva unos magníficos edificios, destacando entre ellos el Palacio Provincial.
La calle que une la Grote Markt con la Plaza Burg está llena de tiendas que exponen en sus escaparates los típicos encajes de Brujas. En la Plaza Burg se encuentran algunos de los edificios que bien merecen una visita. Entre ellos está el Ayuntamiento, uno de los primeros ejemplos del estilo flamenco (siglo XIV). Visitar la impresionante sala gótica es imprescindible, así como la Basílica de la Santa Sangre. Este santuario de dos pisos de estilo románico con fachada renacentista fue mandado construir por Thierry de Alsacia a su regreso de la II Cruzada para alojar unas gotas de la sangre de Cristo traídas de Jerusalén. La reliquia se exhibe cada año el día de la Ascensión, coincidiendo casualmente con el jueves 1 de mayo.








Otra visita interesante es la Iglesia de Nuestra Señora, con su elevada torre de ladrillo de 122 metros y que acoge la Madonna de Nuestra Señora, una escultura de Miguel Ángel en mármol blanco, una de las pocas obras del artista que se encuentran fuera de Italia.
La Catedral de San Salvador, el Kantcentrum (centro del encaje), la contigua Iglesia de Jerusalén o el Beaterio son otras de las visitas que permiten conocer un poco mejor la historia de la ciudad. Sin olvidar un paseo por el bucólico Minnewater o Lago del Amor o un trayecto en barca por los canales. Tampoco se puede abandonar la ciudad sin antes haber probado el delicioso chocolate belga y la suave cerveza local Brugse Zot.
De todas formas, más que un monumento o un edificio en concreto, el encanto de Brujas radica en su conjunto, un centro histórico que ha sabido conservar su patrimonio y ha convertido a la ciudad en una de las más bonitas de Europa.
El centro histórico de Brujas fue declarado Patrimonio de la UNESCO en el año 2000.






3 comentarios:

  1. Mis sentimientos sobre Brujas, donde he estado un par de veces, son similares a los tuyos. Demasiadas expectativas que no se cumplieron, siendo una de las razones el excesivo numero de turistas.

    Es precioso, sin duda, pero no acaba de convencerme. De Gante esperaba menos y me gusto mucho. Y Amberes, que es una ciudad que conozco muy bien, tambien me gusta bastante.

    He de decir que tambien estoy influenciado por el hecho de que los belgas no son mi gente favorita. Y los conozco bien, por motivos laborales.

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  2. María Teresa, enhorabuena por tu blog, cuyos comentarios sigo con interés. Aparte de los textos, tus fotografías también son buenas.

    Saludos desde Zaragoza.

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  3. Muchas gracias, me alegra pensar que puedo aportar mi granito de arena.

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