jueves, 14 de febrero de 2008

Gorée y Zanzíbar, unidas por un triste capítulo de la Historia de África

Hay lugares que impactan por la belleza de sus paisajes, otros por sus atractivos culturales o por sus gentes y otros por algún acontecimiento que los ha inmortalizado para siempre. Se trata del caso de dos islas del continente africano que además de su indiscutible belleza nos recuerdan un vergonzoso episodio de la historia de la humanidad: el comercio de esclavos.
Una, en el Océano Atlántico, la otra en el Índico. Separadas por miles de kilómetros pero unidas en el recuerdo de un sufrimiento.

La isla de Gorée, en Senegal, frente a la ciudad de Dakar a cuatro kilómetros de la costa y la isla de Zanzíbar en Tanzania.
Ambas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.



ISLA DE GORÉE









































Desde el puerto de Dakar sale un ferry hasta la isla, y realiza el trayecto de unos 20 minutos varias veces al día.Aunque los portugueses fueron los primeros en descubrirla ya en el siglo XV, no fue hasta el siglo XVI cuando se estableció la primera base comercial europea.

En un principio, la única misión de estos almacenes o compañías creados por algunos gobiernos europeos, era la de intercambiar abalorios, telas, útiles de hierro y algunas armas por el oro, marfil, plumas de avestruz, especies y esclavos. A partir del siglo XVII y sobretodo en el siglo XVIII y como consecuencia de la explotación agrícola del nuevo mundo, es decir de América, se necesitó cada vez más, una mano de obra barata para trabajar en las plantaciones de azúcar.


















Fue uno de los principales asentamientos del esclavismo hasta 1815, año en que se abolió el tráfico de esclavos.
Desde las celdas que cada casa poseía, se sacaba directamente a los esclavos a un dique en la parte posterior del almacén y eran embarcados sin saber por qué ni a dónde se dirigían.

La isla guarda con respeto su pasado pero es un lugar de gentes acogedoras y alegres. Las tranquilas calles de Gorée son de dorada arena, por la isla no circulan los coches y el color ocre y rosado de las casas adornadas con las buganvillas que tapizan las paredes, le dan un aspecto muy agradable que invita al paseo.






Una de aquellas casas se ha conservado como museo, es la llamada Casa de los Esclavos. En la parte superior se encontraba la residencia de los traficantes, donde el mobiliario y la decoración recordaban a su lejana patria francesa. En los pequeños habitáculos de la planta baja se encontraban los esclavos, apiñados como ganado.











Una puerta daba directamente al barco que les llevaría a América, aunque más
de la mitad morirían antes de llegar a destino. Es la llamada “puerta del viaje sin retorno”.

Por su proximidad a Dakar, Gorée es una isla muy visitada. Grupos de escolares se dirigen hasta allí para pasar un divertido día de playa como excursión de final de curso. Sus habitantes viven básicamente del turismo y de la artesanía y se pueden encontrar diferentes restaurantes en la playa donde degustar un rico plato de pescado con arroz.





















En África, como en otros continentes, la esclavitud ya existía antes de la llegada de los europeos. pero el esclavo poseía derechos cívicos y de propiedad. En general, se integraba rápidamente en la familia que lo poseía.
Los europeos produjeron un giro en la historia de la esclavitud de África, exportaron esclavos en cantidades alarmantes a regiones desconocidas para los africanos y modificaron la concepción de esclavitud asimilando directamente la palabra esclavo a cosa, con todo lo que esta caracterización implica para la vida del hombre.







En total se deportaron a las Américas casi 40 millones de africanos entre el siglo XVI y 1863, una tragedia espantosa de la que no sólo los europeos debemos avergonzarnos, puesto que muchos jefes de las tribus ofrecieron a la venta a sus propios hermanos e incluso algunos esclavos liberados en el siglo XIX se dedicaron a la trata de otros negros.

ISLA DE ZANZÍBAR

























Fue, gracias a los 200.000 esclavos que llegó a importar y distribuir anualmente en sus momentos de mayor auge comercial, la ciudad más importante de la costa Este de África en el siglo XIX.
No se conoce muy bien como empezó el comercio de esclavos en Zanzíbar.

Desde principios del Siglo XVIII, la isla estuvo en manos del sultán de Omán que, desde Muscat nombraba a los gobernadores. Con el incremento del cultivo de los dátiles se fue a buscar mano de obra esclava al continente africano, tanto para utilizarla en la isla como para exportarla a otros sultanatos y emiratos. En la década de 1770, cada año se vendían unos 3000 esclavos. En 1807 se prohibió el comercio de esclavos en todo el Imperio Británico. En esa fecha cada año llegaban 8000 a Zanzíbar. Debido a que no todos se vendieron, los que sobraban se utilizaban para trabajar en las plantaciones de clavo, lo que originó más demanda. En 1822 se firmó un Tratado entre Omán y Gran Bretaña para acabar con el comercio humano. A pesar de ello, en la década del 1860 llegaban cada año 20000 esclavos a la isla.






 A los hombres, en grupos de cinco o seis, se les unía, con cadenas sujetas a las argollas de los cuellos, a un largo y pesado tronco de árbol que, puestos en fila, cargaban sobre los hombros. En el otro brazo debían transportar cuernos de rinoceronte o colmillos de elefante. Las mujeres iban libres de ataduras en las manos y cuello, pero se les ponían argollas y cadenas en los pies y portaban su correspondiente carga de marfil. Si una mujer tenía un niño, la criatura debía seguir su paso. Si el niño se cansaba, la mujer podía tomarlo en brazos, a condición de que no dejara la carga de marfil. Si la mujer se agotaba, entonces se le quitaba el niño, que era degollado o abandonado a las fieras.

Viajeros europeos de la época cuentan que se podía advertir el rastro de una caravana esclavista por los buitres que sobrevolaban el camino, las manadas de hienas que la seguían y el olor a los muertos.

Los bordes de los senderos de aquellas rutas estaban marcados por toda suerte de restos humanos.
La odisea de los esclavos no terminaba, sin embargo, en la costa. Después de ser almacenados en Bagamoyo, en Kilwa, en Mombasa o en Pangani, durante un breve tiempo, eran embarcados en faluchos de carga para ser trasladados a Zanzíbar, donde iban a parar a las celdas de los almacenes de los mercaderes.


Todas las tardes tenía lugar la subasta; se exponían grupos de esclavos y después de que los compradores comprobaran la mercancía se iniciaba la puja.
En 1873 se efectúa un bloqueo de todos los puertos de la isla para impedir el tráfico y en el lugar donde se encontraba el mercado de esclavos se construyó la catedral anglicana (Catedral Church of Christ).
El altar de la catedral se encuentra en el mismo lugar donde eran azotados los esclavos. Se dice que el crucifijo de la iglesia está hecho con madera del árbol que crece junto al lugar donde está enterrado el corazón de Livingstone.
El precio de la entrada a la catedral, permite la visita al edificio de enfrente, en cuyo sótano se encuentran las minúsculas celdas donde esperaban los esclavos antes de ser subastados.
En la plaza, un monumento conmemora estos vergonzosos hechos.

Gorée y Zanzíbar, Atlántico e Índico, dos bellos rincones de África unidos por el horror y la tragedia que nos recuerdan cuan miserable puede llegar a ser la especie humana.

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