sábado, 26 de enero de 2008

Reserva de Selous


Desde la isla de Zanzíbar hasta la Reserva de Selous viajamos en una avioneta de la compañía ZanAir haciendo una corta escala en Dar as Salaam.

Era la primera vez que volábamos en ese medio y no las tenía todas conmigo. El destino era el Rufiji River Camp  en la Reserva de Selous que, al igual que el resto de campamentos, disponen de su propia pista de aterrizaje.
La Reseva de Selous, en el sur de Tanzania, es una de las últimas grandes áreas salvajes que quedan en la Tierra.




Es una reserva de caza pero puede ser considerada y visitada como un Parque Nacional. Sus 55.000 km2 - que corresponden al 55% del total del territorio nacional - equivalen al tamaño de Irlanda y casi cuatro veces el Serengueti, siendo la reserva más grande de África y la segunda del mundo. Desde 1981 está declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Tiene un clima tropical con dos estaciones de lluvias y dos secas. La mejor época para visitarla es de junio a octubre y sólo el extremo norte se utiliza para los safaris fotográficos mientras que la zona sur es para caza controlada.






Cerca de tres cuartas partes de la reserva corresponden a sabana arbolada por especies caducifolias y el resto por llanuras de inundación, zonas pantanosas y el gran río Rufiji.
El río Rufiji puede alcanzar una anchura de más de 500 metros en época de lluvias y, en la época seca, aunque queda reducido a unos 50 metros de anchura, es navegable y ofrece la posibilidad de recorrerlo. La experiencia de navegar el Rufiji entre cocodrilos e hipopótamos es fabulosa, así como poder disfrutar de unas magníficas puestas de sol.

La Reserva de Selous debe el nombre a uno de los más famosos cazadores blancos, Frederick Selous. Selous nació en Inglaterra en el seno de una familia aristocrática. Con sólo 19 años abandonó los estudios de medicina y se marchó a África donde recorrió cazando la mayor parte del continente. Guió a Cecil Rhodes en su expedición del río Zambeze, cazó en Zimbawe y Sudáfrica y guió el safari del expresidente Roosevelt. Al cabo de los años abandonó el rifle y pasó de cazador a conservacionista. A los 60 años se retiró a Inglaterra dedicándose a escribir sobre la naturaleza africana, unos libros que alcanzaron un gran éxito en su país natal. Volvió al continente africano para combatir como voluntario con las tropas inglesas contra las alemanas, en las orillas del Río Rufiji, en el parque que hoy lleva su nombre. Allí murió por un disparo de un francotirador alemán que le alcanzó en la frente. Ese día los dos bandos decretaron una tregua de 24 horas en su memoria. Está enterrado al pie de un tamarindo.

Su figura inspiró a muchos jóvenes ingleses en su aventura africana, entre ellos a Denys Finch-Hatton, encarnado por Robert Redford en la película "Memorias de África".





En Selous, la sensación de pequeñez y soledad resulta inconmesurable. Kilómetros y kilómetros de "esa maldita África" según palabras de Hemingway. El difícil acceso a la Reserva hace que vaya muchísimo menos turismo que a los Parques Nacionales del norte del país, lo que contribuye todavía más a aumentar esa sensación de soledad y de insignificancia.
Nos alojamos en el Rufiji River Camp, un lugar privilegiado situado en la orilla del Río Rufiji. El dueño es Luigi, un italiano de Bolonia que decidió instalarse en aquel remanso de paz. Aunque Javier Reverte no habla demasiado bien de él en uno de sus libros, Luigi es un hombre correcto.

El campamento consta de 20 tiendas con vistas al río. Desde la tienda se ven los hipopótamos bañándose en el río y con sus escandalosos gruñidos rompen el silencio. Los monos campan a sus anchas jugando incansablemente y Patrícia no se cansa de observar sus acrobacias en las ramas de los árboles. Al regresar del safari compartimos una helada Kilimanjaro, cerveza tanzana suave y deliciosa, junto a la hoguera. Nos tumbamos en las hamacas y contemplamos el cielo limpio africano mientras va oscureciendo. Los monos ya no juegan y los hipopótamos han dejado de gruñir. Sólo se escucha silencio. Las estrellas han tapizado totalmente el cielo.
Es la hora de cenar y nos han preparado una rica sopa y carne de ñu.
Alargamos un poco la sobremesa. Se está tan a gusto que no encontramos el momento de ir a la cama. De pronto, los vigilantes se ponen en alerta y dirigen su mirada en dirección al río. Gesticulan y murmuran entre ellos. Intentamos sacar un poco de información, y nos dicen que hay una manada de elefantes en el campamento. Primero pensamos que nos quieren gastar una broma pero en medio de la oscuridad vemos algo que se mueve entre los matorrales.
Luigi parece un poco preocupado; nos advierte que si vemos algún elefante no se nos ocurra echar ninguna foto con flash porque si se asustan pueden ser animales muy peligrosos. Nos dice que vayamos a dormir tranquilos que habrá vigilantes armados toda la noche cuidando el campamento. Así lo hacemos, con el temor y la fascinación que produce lo desconocido.
El campamento quedó en un total y absoluto silencio y nos deseamos las buenas noches.







Un ruido de ramas rotas que llegaba de la parte superior de la tienda me despertó. Con cuidado aparté la lona de la ventana plastificada y un enorme culo de elefante estaba pegado a nuestra tienda. Excitada y a la vez un poco asustada desperté a mi marido y a la niña. La manada de elefantes se había acercado y estaban comiendo hojas y ramas de los árboles que rodean las tiendas. La alimentación del elefante consiste en hierba, corteza de árbol y arbustos; Consumen entre 150 - 170 Kg. de alimentos diarios lo que les obliga a pasar hasta 22 horas del día comiendo.

Estuvieron un buen rato por allí y lentamente se fueron alejando, supongo que en busca de más comida. Según algunas fuentes, unos 100.000 elefantes -la mitad de los elefantes del país- se encuentran en la Reserva de Selous, lo que supone un consumo diario de ¡entre 15.000 y 17.000 toneladas de alimento!.
A la mañana siguiente todos comentábamos el suceso.

Aquellos días en el Rufiji River Camp fueron una inolvidable experiencia. Es uno de aquellos lugares donde te sientes tan gusto que cuando lo abandonas sólo te queda un deseo: Volver

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